PARA MI JOSE ANTONIO.
Yo sé mi dulce niño, que habremos inventado, ese lenguaje mudo
con el que siempre hablamos,
yo sé mi pequeñito, que aunque estemos
lejanos
escucharé tu risa, tú sentirás mis manos, tocando tu carita,
mirándome en tus ojos, que con ternura
inmensa espantas mis abrojos.
Sujeto tus bracitos, tu
cuerpecito todo, substraes mis miradas, y mis suspiros todos con dicha me
acompañan; alguna intrusa gota resbala
de mis ojos,
con regusto salado se cuela allí en mi boca, te veo tan vulnerable, apenas un infante…
quisiera yo arroparte de indumentaria dura, que
te proteja siempre, por la vida futura,
que guarde siempre tu alma, tan diáfana y tan pura.
Mi pequeñito hermoso, es la ley de la vida… transcurrirán los años, y yo he de confesarte, que en mis ruegos nocturnos le he pedido a tu ángel, que fueran años tardos, lerdos, que llegaran morosos,
para gozar más tiempo de tu plena frescura,
tu risita espontanea, tus gritos
de alegría, los brincos que incansables de jubilo te llenan, con tus fuertes piernitas retozando en mi lecho.
Ya no serás más niño, arribarán los días y te habrás hecho un gran hombre, los días de tu infancia atrás habrán
quedado, más solicito al cielo, a ti, dulce
chiquito mío, que siempre lo recuerdes, que tu memoria vague, que revivas contento,
nuestros lindos momentos, las horas tan bonitas en que juntos cantamos,
y las noches tan bellas en que antes de tu sueño, también
juntos oramos.
Ya no serán mis días, sin
duda habré partido, a través de la estrella que juntos contemplamos, bendeciré tu vida y guardaré tus años... si más allá
hay sueños, mis sueños destinados, ¡ A ti mi pequeñito, que tanto amor me has dado!
¡TE AMO MI BEBE, HERMOSO!



